- 09 de julio de 2025
(Por Mauro Falcão, escritor brasileño) Vivimos inmersos en una era de velocidad, donde la ocupación constante se ha convertido en sinónimo de valor.
Estar siempre atareado ha pasado a confundirse con estar vivo, útil, productivo. Sin embargo, este ritmo vertiginoso esconde una tragedia silenciosa: la pérdida de la presencia. Estamos cada vez más ocupados —y cada vez menos presentes.
La ocupación constante tiene un costo alto: nos roba el tiempo de la reflexión. Sumergidos en tareas y plazos, dejamos de preguntarnos por qué y para qué. El automatismo toma el lugar de la conciencia. Repetimos acciones, seguimos rutinas, cumplimos metas —pero olvidamos vivir con sentido. Nos convertimos en piezas de un sistema que premia la productividad, pero ignora el alma.
En este escenario, creamos una zona de confort que, lejos de protegernos, nos limita. Huimos de los desafíos que exigen esfuerzo interior. Evitamos las pausas que podrían ponernos frente a nuestras angustias, nuestros deseos más profundos, nuestros conflictos olvidados. Al anestesiar la conciencia, perdemos el contacto con nuestra propia humanidad.
Y lo más grave: las experiencias que dejamos de vivir hoy pueden hacer falta mañana. Lo que no sentimos, lo que no enfrentamos, lo que dejamos para después... todo eso puede transformarse en ausencia. Una ausencia que nos acompaña silenciosamente, cobrando el precio de lo que no nos atrevimos a experimentar.
Vivir es más que cumplir tareas. Es necesario parar. Reflexionar. Habitar el propio tiempo con presencia y verdad. Silenciar los ruidos externos para escuchar la voz interior que clama por sentido.
La tragedia del tiempo sin alma no está solo en la prisa —sino en el olvido de uno mismo. Es posible estar en todos los lugares y, aun así, no estar en ningún lugar. El rescate comienza con una elección: desacelerar para reencontrar lo que realmente importa. Porque solo la presencia despierta es capaz de darle alma al tiempo.
COMENTARIOS
No han dejado comentarios
Escriba su comentario




